Todo o Nada
Llamados para la grandeza
Hemos sido creados para la grandeza, para ser santos y alabanza del a gloria de Dios. Con esto en mente hemos hecho un itinerario recordando que Dios nos llama a algo más grande. Comenzamos nuestro encuentro recibiendo cada joven un santo amigo que nos acompañaría durante todo el encuentro, acogiendonos a su intercesión y sus enseñanzas, sabiendo que lo único que nos separa de ellos es que ya están en la presencia del Señor en la iglesia triunfante, pero que antes de ser santos dieron un sí diario en respuesta a tanto amor.
La primera noche recordamos la historia de Juan el Bautista y como es Dios el que nos pone el nombre, y que la vocación es Dios diciendo nuestro nombre con amor, y el primer día completo nos pusimos a la escucha de que deseos ocupan nuestro corazón de forma desordenada, como la acedia nos abaja y nos aleja del amor de Dios y sabiendo que es su amor el que nos resucita.
El domingo compartimos el día completo con la comunidad Iesu Communio escuchando el testimonio de algunas hermanas que recibieron su llamada estando en la Renovación Carismática y de forma especial como la vocación nace primero de un encuentro personal con el amor de Dios.
El lunes seguimos avanzando con la historia de Abraham, de como Dios hace promesas grandes que cumple y como a veces, como con la historia de Ismael, no nos fiamos y nos apropiamos de las promesas. Compartimos la tarde con diversos talleres sobre el discernimiento, el servicio en la iglesia, santificar el trabajo, el noviazgo y matrimonio, la vida comunitaria y la llamada a la vida consagrada. El día terminó adorando al señor en la Basílica del Sagrado Corazón-Gran Promesa, en el centro de Valladolid, compartiendo con la iglesia local.
Concluimos el retiro dando al Señor a nuestro Isaac, todo lo que tenemos, todo lo que hemos recibido y confiando en que es Él el único que nos salva, que llena, que sacia.
Damos gloria a Dios porque su obra solo comienza y es él quien la llevará a término.

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Testimonios
El encuentro de la RCCE Todo o Nada lo describiría con 3 palabras, INTENSIDAD, EMOCIÓN, y COMUNIDAD.
La experiencia ha sido muy enriquecedora tanto a nivel personal como espiritual. Todo o Nada me ha ofrecido un espacio de reflexión y de introspección, en el que he podido discenir acerca mi vocación, de mi llamado de Dios y sobretodo acerca de una sed inmensa de profundizar en el camino de la fe que ha surgido en mí a lo largo de este encuentro.
En Todo o Nada he podido experimentar la gracia del Espíritu Santo a través de la alabanza, de la acción de gracias, y en la Eucaristía. Siento que en este encuentro he descubierto un llamado a la evangelización, a seguir viviendo la fe en comunidad y a formarme como discípulo de Cristo adquiriendo un compromiso más maduro con Dios.
Por último, destacaría la hermosa comunidad que he descubierto en este encuentro, personas con un corazón tan sediento y cercano a Cristo con las que me he sentido acogido y acompañado.
David Gómez (Santa Cruz de Tenerife)


Para mí, el encuentro Todo o Nada ha sido el recordatorio que necesitaba de que todos estamos llamados a la santidad. Que no consiste solo en una vocación de especial consagración, sino en responder con pequeños “síes” a Dios en el día a día.
Tenía muchas ganas del encuentro ya que, la frase “Todo o Nada” me ha acompañado mucho durante estos últimos años porque refleja la radicalidad con la que estamos llamados a seguir a Jesús. No hay lugar para las medias tintas, porque solo cuando dejas que Él tome el control completo de tu vida descubres lo que es ser verdaderamente feliz.
Salgo de este encuentro con una mirada renovada sobre la santidad y con unas formaciones muy valiosas: sobre Aquel que ha pronunciado mi nombre, sobre el discernimiento, sobre mis deseos más profundos y sobre cómo Dios se hace presente y actúa en todo esto.
Además, haber compartido esta experiencia con tantos jóvenes dispuestos a dar ese paso en valentía y a responder a la llamada de Dios me ha hecho ver totalmente la importancia de recorrer este camino acompañada de personas que te sostienen en el camino.
Especialmente, me conmovió mucho el momento en que vi cómo cada uno presentaba su vida ante Jesús Eucaristía, poniendo a sus pies sus anhelos, sus planes y sus propios criterios, para que Él hiciera con todo ello lo que quisiera. Ojalá que después de este encuentro nuestras vidas entregadas sean para Él un perfume derramado a sus pies.
Elena Romera (Murcia)
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Si escribo esto es porque he entendido que mi vida no me pertenece, sino que es toda de Dios, y Él puede disponer de ella como quiera para bien de las almas. Me llamo Inés, tengo 22 años, y una vez más el Señor ha hecho maravillas conmigo. Nunca había estado en un encuentro de la renovación, a pesar de conocer su espiritualidad desde hace años; no supe que tenía que ir hasta el mismo día en que empezaba. Es gracioso cómo Dios te pone donde te quiere: a poco que le dejes hacer, obra grandes cosas, y a nada que te abras a su providencia, se encarga de que no te falte nada.
Llevaba meses pidiéndole a Dios una experiencia así de encuentro con Él, tenía una sed enorme. La noche antes me escribió una persona que no conocía, animándome a ir, y me lancé a confiar en que el Señor tenía algo preparado. Fue providencial: solo quedaban un par de plazas por alguna baja, pero Dios tenía para mí un hueco pensado. ¡Y sabía de quién me fiaba! Pensé, como Pedro en la Transfiguración: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!». Me proveyó de gente de una bondad inefable. Fue un proveer constante: cada día tenía preparado un almuerzo, y cada día resultaba que alguien lo necesitaba más que yo. ¡Gloria a Dios! Qué gracia tan grande que me usara también a mí para proveer a los demás.
Fui sin expectativas, pero en el fondo no dejaba de esperar una luz clara sobre algunos temas de mi vida que llevo tiempo discerniendo. Estos días han sido una gran lección de humildad: las cosas no son como y cuándo yo quiero, sino que tengo que aprender a esperar en los tiempos de Dios, aceptando con amor tanto mi impaciencia como su «aún no es hora de responderte».
Me sentí muy identificada con la samaritana, cuando habla con Jesús de aguas distintas. Cuántas veces Dios nos dice «te amo, eres preciosa para mí» y nosotros respondemos «muy bien, pero ayúdame con este problema». Estamos tan enfocados en nosotros mismos que no somos capaces de abrirnos a Él.
El olvidarse de uno mismo para mirar a Jesús fue el mensaje latente en mi corazón estos días, y lo entendí cuando una hermana de Iesu Communio dijo que nada se trata de mí —de lo que yo siento, pienso o hago—, sino todo de Jesús: lo que Él siente, piensa, hace y desea. Mi vida ha sido una lucha constante entre la soledad, la autosuficiencia, y Dios procurando mostrarme que ha estado y está siempre conmigo, y que solo tengo que dejarme hacer por Él.
Recuerdo mi encuentro con Dios de hace unos años: en una adoración, de rodillas, lo tenía delante con los brazos extendidos invitándome a un abrazo, y mientras el Espíritu Santo me traía recuerdos duros de mi infancia y mi pasado, Él me decía: «aun ahí estuve a tu lado, aun ahí no estabas sola, nunca te dejé; no me veías, pero te abrazaba; no me notabas, pero lloraba contigo». En este encuentro he revivido ese levantarme con Jesús de nuevo, ese hacerse pequeño y acudir al Padre cuando caemos.
Me gustó la frase de un chico: «nunca estás demasiado abajo como para que Él no te alcance, porque bajó al infierno, a lo más oscuro». Lo he experimentado y lo puedo confirmar: estaba en tinieblas y solo con pronunciar el nombre de Jesús ya tengo descanso. Él va a por mí y me recoge.
Otra cosa que me llevo grabada en el corazón es la idea de descansar en el costado de Cristo para que Él pueda descansar también. Jesús sufre conmigo todo, y en la medida en que yo descanse en Dios, Él podrá descansar también en mí.
No sabía que el lema del encuentro era «Todo o nada», ni que trataba de descubrir la llamada a la santidad en la vocación que Dios pensó para cada uno. Fue revelador, parecía hecho y pensado para mí. El primer día se nos dio a todos una tarjeta con un santo distinto y una frase suya. En varias ocasiones sentí que el Señor me repetía: «todo lo hago nuevo cada día; aprisa, dame tu corazón ahora, antes de que pase este momento, que tengo sed de ti». Dios no quiere que hagamos grandes cosas; quiere que veamos, en lo cotidiano y más pequeño, una nueva oportunidad para amar como Jesús y volver a empezar desde Él.
Este encuentro me abrió los ojos a su sed por nosotros, por conquistar los corazones y llevar a todas las almas su amor; y la muestra de amor más grande es que murió por nosotros, pero murió pensando en nosotros: en cada momento de la Pasión fuimos su consuelo una y otra vez. Gracias a esto, y a ver a Dios en el hablar de las personas en el encuentro, me ha puesto en clave de vivir por y para saciar esta sed de Jesús en las almas, empezando por la mía y la de los que me rodean.
Ese día le dije: «Señor, ¿qué te doy cuando me pidas de beber? Porque no quiero responder a tu sed con vinagre, no quiero escocerte ni serte de desagrado». Entonces leí la frase de mi tarjeta, de San Francisco de Sales: «Nada es tan fuerte como la dulzura, ni tan dulce como la verdadera fuerza». ¡Dulzura y generosidad me pides, Señor! Sacio su sed con amor.
No puedo dejar de agradecer a Dios todo lo que ha puesto patas arriba en mi vida tras este encuentro, y todas las amistades que me llevo. Gracias, Señor, porque una vez más me has llenado de bendiciones perennes y me has recordado que cumples tus promesas y que tus planes son mejores que los míos. Gracias por transformarme la vida cada día, por darme la generosidad para darte mi todo, por descubrirme el regalo y el don de la vida, y por hacernos dóciles a tu Espíritu.
Y, para terminar, gracias, Jesús, por llamarme por mi nombre, por llevarme tatuada en la palma de tus manos, en esas heridas que no ocultas a pesar de haber resucitado, y por elegirnos a tus hijos para glorificarte.
Dios te creó, te miró, y vio que era muy bueno. Correspondámosle sin tibiezas, ofreciéndole toda nuestra vida y corazón, como hizo María. Todo o nada.
Inés Fernández (Valladolid)

