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Soy Clara María Ruiz Pons, soy de valencia y tengo 16 años. No
tenía pensado, ni por casualidad ir, pero una serie de circunstancias y
de “casualidades” (no existe la casualidad, sino la voluntad de Dios) me
hicieron planteármelo.
Mi plan era irme a un hotel en la playa con mi mejor amiga, y serian las
vacaciones que todos querrían tener ¿que más pediría alguien? Pues no, se
iba acercando la fecha del campamento y mi hermano me cogió y estuvimos
hablando, me dijo que le gustaría que yo fuese aunque fuese solo por él, ya
que sabía que a mí me haría mucho bien, pero yo no lo creía, ¿qué puede
haber mejor que diez días en un hotel de lujo, en la playa, con mi mejor amiga,
levantarme a la hora que quisiese, comer comida normal, pasarme el día en
la playa o la piscina y no llevar horario ninguno? Pues aquí está la repuesta,
faltaba algo, y ese algo es lo más importante, ahí faltaba Dios. Mi hermano
me dijo que no me preocupara por el dinero, ya que yo no tenía ni un céntimo
(literalmente) y la economía familiar no está para gastos. Estuve pensándolo
unos minutos, pero no me costó mucho decidir, lo único que me frenaba era
por mi amiga porque luego estaríamos dos meses sin vernos ya que me tenía
que ir a trabajar a principios de agosto.
Conseguí mi decisión, iría al campamento y así fue. Yo iba pensando que tal
como iba volvería y ya está, mi vida seguiría igual que antes de ir, pero no,
Dios quiso tocarme el corazón en ese campamento. Me enseño el valor de la
amistad, el valor de los que me rodean, el valor de una sonrisa en el cansancio
o el dolor, el valor de poder animar cantando tras varios días durmiendo en el
suelo. Pero sobre todo, el valor de tener presente a Dios todos los días, a todas
horas, mirando el paisaje del camino me daba cuenta de lo pequeñita que era
en el mundo comparado con TODA la inmensidad preciosa y perfecta que me
rodeaba y Dios había creado para nosotros. Me di cuenta de que caminar en
compañía es mejor que caminar solo, que compartir hasta el punto de darlo
todo hace más feliz que guardarlo todo para ti.
Yo, físicamente, no pude hacer la última etapa, no terminé el camino después
de todo lo que llevaba hecho, me creí suficiente yo misma físicamente, y no,
sin Dios no puedes hacerlo. Me demostró que soy humana y que los humanos
tienen sus límites, y quien a Dios tiene nada le falta.
Llevaba media hora en la plaza de Santiago esperando al resto, yo había
ido en coche hasta la plaza con algún monitor mas, pero no sentí nada más
que lo que pensé “pensaba que era más grande” y ese momento fue como si
nada, uno normal, pero cuando iban viniendo los del grupo, todos corriendo
y gritando por las calles hasta la plaza y al llegar ponerse a alabar a Dios eso
es lo que más me ayudó en todo el camino. Le di gracias a Dios por hacerme
ver que tengo límites, por poder alabarle junto a todos ellos en aquella plaza.
Hasta que no llegaron yo no sentía que realmente había hecho el Camino de
Santiago, porque me faltaban los hermanos, los compañeros con los que había
compartido todo el viaje y sin ellos este viaje no habría sido posible. Así que
solo puedo decir que:
¡¡GLORIA A DIOS!!
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